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El arte de la “poda editorial”: ¿qué se queda y qué se va?

Por Jennifer Pochne


Cuando muchos años atrás elegí estudiar biología como carrera universitaria, me imaginaba que mi “oficina” sería un glamuroso laboratorio de alta complejidad, lleno de diversos y complejos instrumentos y que mi uniforme de trabajo sería un impecable guardapolvo blanco. También me imaginaba que mi día a día sería trabajando en una mesada, rodeada de tubos de ensayos, microscopios y otros instrumentos afines.

Si llegaron hasta aquí con la lectura, y están leyendo este blog, probablemente ya sospechen que ese no fue el caso.

De hecho, durante los últimos quince años, mi oficina a menudo estuvo rodeada de maquetas de libros, pruebas de maquetación y diseños curriculares. El amor por la ciencia quedó intacto, pero cambié el guardapolvo por una buena silla de computadora y el Pubmed por bancos de imágenes, y me sumergí de lleno en el mundo editorial. El día a día en editoriales como Kapelusz, SM y Santillana me enfrentó con grandes desafíos, y me dejó muchas enseñanzas. Una de las lecciones más valiosas que al día de hoy sigo aplicando en cada texto que trabajo es que el espacio en la página (y la atención del lector) es el recurso más escaso que existe.

En el mundo de la comunicación científica o Medical Writing, nos enfrentamos constantemente a una tensión interna. Por un lado, el rigor científico nos empuja a querer incluir cada minúsculo detalle, desmenuzar cada excepción y explicar hasta el más mínimo recoveco de cada vía metabólica. Por el otro, la necesidad de que el mensaje sea comprendido por el receptor, sea un paciente o un profesional, que está “saturado” de información nos exige brevedad y simpleza. Pero entonces, ¿cómo resolvemos este dilema sin sentir que estamos “traicionando” a la ciencia (y a todos los principios que tenemos arraigados y nos han tatuado a fuego desde que pusimos un pie en la universidad)?

La respuesta reside en un concepto que es el corazón de la edición educativa: la transposición didáctica.

El arte de la transposición didáctica

En el ámbito editorial, la transposición didáctica no debe tomarse a la ligera como un concepto que simplemente significa “simplificar” o “resumir”. En cambio, se trata de un proceso de ingeniería lingüística donde el “saber sabio” (el conocimiento experto y crudo) se transforma en un “saber comunicado”. En este proceso es esencial la capacidad de identificar el núcleo de un concepto biológico y despojarlo de las capas de complejidad que, aunque exactas, son accesorias para el objetivo del texto. No se trata de un recorte a conveniencia, sino de entender cuáles son los conceptos centrales que deben estar presentes para una comprensión general de determinado tema.

Por ejemplo, cuando editamos un manual escolar, realizamos una vigilancia epistemológica: nos aseguramos de que lo que se dice sea verdad, aunque no sea “toda la verdad técnica”. En la redacción médica, deberíamos aplicar el mismo criterio. Así, por ejemplo, si un dato no ayuda al paciente a tomar una decisión o brinda herramientas que le permiten comprender su patología, quizás ese dato sea ruido, no información.

El Método del Ancla: Tres filtros para la edición

Ya sabemos que es fundamental aprender a distinguir qué tipo de información es imprescindible y cuál puede dejarse de lado. Pero, ¿cómo logramos esa distinción? En otras palabras, ¿cómo decidir “qué se queda y qué se va”? A continuación les cuento sobre tres filtros que he utilizado y me han servido para traducir conceptos complejos —desde la estructura del ADN hasta los ciclos biogeoquímicos— a lo largo de mi carrera.


 1. El filtro de veracidad (El Ancla) 

Este es el filtro del biólogo. Debemos preguntarnos: si elimino este detalle técnico, ¿el concepto central sigue siendo correcto? Si la respuesta es sí, entonces el dato es prescindible. Esto nos enfrenta una vez más con la idea de que el rigor no está en la abundancia de términos o siglas, sino en la innegociabilidad del mensaje central. El “ancla” es ese conocimiento que, si se suelta, hace que el texto pierda su validez científica. Todo lo demás es la corriente. 

2. El filtro de utilidad (¿Para qué sirve?) 

En la comunicación centrada en el paciente, la información debe tener un propósito práctico. Como comunicadores, debemos evaluar si un tecnicismo satisface nuestro rigor académico o si realmente empodera al lector. Si mencionamos una mutación específica, ¿es porque el paciente debe conocerla para su tratamiento, o simplemente porque nosotros sabemos que existe? Y aquí es donde hay que aprender a dejar el ego de lado: que yo me haya doctorado en el tema y tenga grandes conocimientos al respecto no hace que todos sean imprescindibles. La poda aquí debe ser valiente: menos es más cuando lo que queda es útil. 

3. El filtro de la carga cognitiva 

El lenguaje complejo genera fricción. Esto es una realidad. Cada palabra técnica innecesaria compite por los recursos mentales del lector y aumenta el riesgo de que se pierda la idea importante. Usando una metáfora de la disciplina, cuando trabajamos en la edición de textos científicos aprendemos que la información técnica debe ser el “soluto” y el lenguaje claro debe funcionar como el “solvente”. Si el soluto satura el solvente, el mensaje se cristaliza y no fluye. Nunca debemos perder de vista que mantener el rigor significa elegir el término técnico exacto, pero rodearlo de una narrativa que no agote el sistema cognitivo del lector. 

Menos ruido, más ciencia 

Un error en el que podríamos caer es pensar que cuando se trata de contenido científico, escribir en Plain Language o lenguaje claro es “embrutecer” el contenido. En mi opinión, nada más lejos de la realidad. Escribir de forma sencilla sobre temas complejos requiere un dominio profundo de la materia; solo quien entiende perfectamente un proceso es capaz de explicarlo con palabras comunes sin cometer errores. Dicho de otro modo, hacer esa tarea nos obliga primero a tener una comprensión profunda de lo que vamos a escribir, encontrarnos con nuestras dudas, resolverlas, y recién entonces encontrar la forma de volver a contarlo con otras palabras. 

Al final del día, para mí, ser un buen Medical Writer —y un buen editor de contenidos científicos— no se trata de demostrar cuánto sabemos, sino de cuánto logramos que el otro comprenda. La verdadera precisión no reside en la extensión de nuestras oraciones, ni en la cantidad de conceptos complejos que incorporamos, sino en la claridad con la que logramos que la ciencia deje de ser un lenguaje de pocos para ser una herramienta de todos.

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Jennifer Pochne es bióloga, comunicadora científica, autora y docente. Le apasiona transformar conceptos científicos complejos en mensajes claros y accesibles para distintas audiencias. Disfruta colaborar, compartir conocimiento y conectar con otros profesionales de la comunidad científica.

Puedes conectarte con Jennifer @Jenifer Pochne